Pilar:
No sabes lo
importante que es para mí poder dedicarte unas palabras y rememorar el tiempo
de mi juventud.
Recuerdo tu llegada a Marchena, en aquellos años del tardofranquismo, cuando tímidamente se iniciaban los cambios en nuestro país, pero que allí no se notaban. Seguíamos arriando la bandera los lunes por la mañana, cantando el himno patriótico y formando en las filas antes de entrar en clase. Por eso fue tan extraño para todos nosotros que llegase una profesora que fumaba, llevaba la falda corta, que había estado en Francia, que nos descubría la literatura francesa y, sobre todo, que nos trataba con amabilidad y nos hacía reír mientras nos enseñaba. Nosotros estábamos acostumbrados al potro y al plinto, a las enseñanzas de la Formación del Espíritu Nacional y a la rigidez que la separación de los sexos obligaba. Tú venías de fuera, te ibas a Madrid y hasta aparecías con un novio con trenca. Eso era para nosotros, alumnos de ese mundo tan rural, el ideal de lo inalcanzable, de un mundo que existía pero que no era para nosotros.
Recuerdo tu llegada a Marchena, en aquellos años del tardofranquismo, cuando tímidamente se iniciaban los cambios en nuestro país, pero que allí no se notaban. Seguíamos arriando la bandera los lunes por la mañana, cantando el himno patriótico y formando en las filas antes de entrar en clase. Por eso fue tan extraño para todos nosotros que llegase una profesora que fumaba, llevaba la falda corta, que había estado en Francia, que nos descubría la literatura francesa y, sobre todo, que nos trataba con amabilidad y nos hacía reír mientras nos enseñaba. Nosotros estábamos acostumbrados al potro y al plinto, a las enseñanzas de la Formación del Espíritu Nacional y a la rigidez que la separación de los sexos obligaba. Tú venías de fuera, te ibas a Madrid y hasta aparecías con un novio con trenca. Eso era para nosotros, alumnos de ese mundo tan rural, el ideal de lo inalcanzable, de un mundo que existía pero que no era para nosotros.
Cuando terminé
el instituto y me fui a estudiar a Sevilla no perdimos la relación, incluso
recuerdo que nos escribíamos contándonos cómo nos iba, pero luego te perdí la
pista. No sé por qué ocurrió, supongo que la distancia y la fuerza de los días hicieron
que dejásemos de comunicarnos, aunque alguien me dijo que estabas en Málaga, en
un instituto llamado Huelin.
Yo no sabía
que me iba a convertir también en esta casta tan sufrida de profesores de
enseñanza media. Pasaron los años y yo me dí cuenta de lo importante que había
sido para mí haber tenido la experiencia de poder aprender no sólo los
contenidos de una materia, el francés, que me seguía gustando tanto y que me
había hecho viajar y obtener una beca en Francia, sino la extraordinaria
relación humana de una profesora con un alumno, esa mezcla de admiración y
cariño que pocas veces encontramos en la vida.
Una vez, no
recuerdo el curso, fui a acompañar a la profesora de latín, con nuestros
alumnos, a la representación de una obra de teatro en Itálica. Cada instituto
era nombrado por el organizador de la obra y los alumnos, cuando oían el nombre
de su centro, gritaban como verdaderos corifeos. De pronto oí el nombre de
Huelin y lo relacioné contigo y me acordé de lo que nos habíamos reído juntos
cada vez que habíamos hablado. Se me ocurrió hablar con los alumnos. Les
pregunté si seguías estando allí y si te conocían. Como me dijeron que sí,
decidí mandarte con ellos una nota para que reiniciáramos el contacto. No
estaba yo muy seguro de que de aquel ambiente tan festivo y hasta un poco
gamberro, la nota llegase a su destino definitivo, pero así fue y dio resultado:
nos escribimos, nos vimos en Málaga, conociste a mi mujer y me felicitaste por
mi elección, conocí a tus hijos, me
hiciste chalecos de punto para los míos cuando eran pequeños, nos felicitamos
en santos y navidades…En fin, la relación que nunca podría haber imaginado aquel
niño rural al que tanto le gusta la literatura francesa y que se siente tan
orgulloso de su “señorita de francés”. Hoy, como sabes, soy profesor de
Historia, coordino un intercambio a Bélgica y viajo allí todos los años con mis alumnos para no olvidar la lengua
que me enseñaste.
Gracias, Pilar. Seguiremos
riéndonos juntos.
Juan Luis Villalobos Cañete

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